Hace algunas semanas fui invitado a un encuentro que reunía a escritores
jóvenes de todo el país. En la mesa en que participé, entre muchas otras
cosas (que espero tratar en otros posts), surgió la pregunta de qué significaba
el lector para el escritor. Me quedé con la boca bien abierta cuando una de las
escritoras aseguró no estar interesada en el tema del lector; a la boca se le
unieron los ojos, estupefactos, al escuchar de otro escritor que pensar en el
lector le parecía, más bien, un asunto ególatra.
Y yo me quedé pensando muchas
cosas, mientras la mesa de discusión llegaba a su final casi de inmediato. En
general, una pregunta me rondó el coco: ¿si no están interesados en el lector,
si se trata sólo de una invención del ego o un tema a obviar, entonces por qué tienen
libros publicados? Y digo, supongo que todos estamos en el entendido de que a
nadie lo obligan a punta de pistola a sacar las palabras secretas y ponerlas a
disposición del infame lector; supongo que, en última instancia, pertenece al
autor la decisión de publicar, de hacer pública su escritura por cualquier
medio. Bajo esta suposición, entonces, no pude entender lo que para
mí es una contradicción evidente: un escritor que publica, pero a quien, al
mismo tiempo, no le interesa un bridón el lector.
No es lo mismo escribir
que publicar, sin duda. Se puede ser un excelente o un paupérrimo escritor sin
haber dejado salir del secreter una simple vocal. Pero aquí hablamos de los
escritores, buenos o malos, no importa, que en la práctica han salido del clóset,
pero que dicen detestar el mundo
exterior, el mundo del lector. Envían sus textos a editoriales, revistas y
concursos, donde los leerán editores y jueces, y si la pegan, los desconocidos
lectores (porque los editores y los jueces también son lectores, aunque algunos
lo olvidan con facilidad); figuran en programas de congresos especializados,
mesas de discusión, emotivas lecturas de bar y de café, donde la escritura se
transforma, no siempre con fortuna, en oralidad para el que tenga oídos y
quiera escuchar; algunos, al parecer los menos, hacen blogs de constancia
variable, donde un maligno contador de visitas da fe del paso, quien sabe si
accidental o voluntario, de un electrónico lector; también los hay quienes reparten
bonitos poemas en hojas-carta-bond-blancas, a cambio de lo que gustes… y un et sic de multis caeteris,
como dice mi amiga Marialaura. La contradicción no está en hacer todo o parte
de lo anterior, sino en hacerlo al mismo tiempo en que se afirma, religiosamente y con la frente en alto, que se escribe
por que sí y para sí sí sí sí sí. No por vicio ni por fornicio, sino para darme
un libro a mi servicio.
Puros los llamaría acertadamente
Ortuño; yo los llamaré, además, puritanos, porque no sólo practican, sino que alardean
de su virtud.
Ante cualquier
puritanismo, sin embargo, queda una sospecha. Y me doy cuenta de que en la mesa
de discusión en la que anduve hace algunas semanas, al escuchar que el lector
es prescindible, no pensé en tantas cosas en realidad, sólo sospeché que me
encontraba ante escritores en los que había operado un truculento, aunque tal
vez muy común, proceso emocional: se adelantan a borrar al lector de sus
deseos antes de que él los ignore en sus preocupaciones. Sospecho su
pavor a ser rechazados por editoriales, perder concursos, no ser invitados
habituales a eventos de gente inteligente, perder la voz entre la música de un
bar, ver al contador de visitas descender inexplicablemente, no recibir ni una
sonrisa a cambio del arte fotocopiado al que tanto corazón le han puesto.
Sospecho el miedo que todos los que decidimos publicar tenemos, pero potenciado
al grado de llevarlos a la negación de las negaciones, a la contradicción más
grande que puede tener un escritor que decide sacar del Word sus palabras:
decir que no le importa ser leído [paréntesis merece el caso de quien, además
de renegar del lector, saca a la luz sus palabras, envueltas en papel couché,
plastificado mate o brillante, con ayuda de algún fondo pagado con dinero público;
por razones dignas de otro post, la contradicción parece agigantarse, al menos
volverse más visible, cuando se imprime el nombre del escritor autosuficiente
junto a un logo institucional].
Me callo de una vez, no
sin antes hacer una invitación para aquellos que no están interesados en el tema del escritor y que, además, han tomado la respetable decisión
de no publicar lo que escriben: coherencia, si no les va a interesar en lo más mínimo esa fábula
con forma de persona llamada lector o público (según la circunstancia), y aparte lo van a andar pregonando, entonces, por favor, absténganse de
publicar lo que escriben. No finjan indiferencia, que a la larga se les terminará
notando. Un triste espectáculo el de los marginados de situación, que se hacen pasar por marginales por convicción.
[La imagen es de Iman Maleki, y viene de acá]

