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ECO DE AUTORRETRATO
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Llevo la marca de las estaciones en mi rostro, como un ave sobre el fin que juega a volar.
Del lado de acá, los que recuerdan están ausentes. Ni su tiempo ni el mío están por aparecer. La frontera del silencio va descalza a ser demolida ante las miradas de asombro de la gente y los viajeros. Una corteza de voces sofoca el aire de mi cuerpo. No hay olas esta mañana en las calles, ni un hálito suspendido en la resaca del tiempo; mi rostro desmembrado es un fluir de voces en el fondo del mar asfáltico. Del lado de allá se habla con el lenguaje del mar y el canto de la fuente. Las palabras dicen lo que parecen nombrar, pero son sólo peces de aire rodeando el retoño de mi porvenir.
Hay ríos que son presencia. Los recuerdos van corriendo por la corteza de otras venas, inundando muchas vidas, llenando con su presencia el vacío. Yo quiero ser como un río de muchos brazos alzado en la cuna del recuerdo. Todavía paso largas horas andando en mis dos aletas como si el sueño fuera solamente un eco de mar que me preserva y yo, un ánfora de delirio en la noche que muero. La luna ha de ser ese rincón de la memoria por el que pase a diario. No habrá río más longevo que el de mi palabra. Sin la deuda del olvido no habrá presencia que pueda compartir.
No deseo la eternidad supuesta de los recuerdos, ni en el vértigo del presente. La eternidad está en la memoria del mundo y en la preservación de la palabra; una memoria es todas las memorias. Yo no lo sé de cierto, pero supongo que ser es ante todo invención, por eso he de inventarme en cada espejo de agua, en cada raíz de pez, y multiplicar mi estación en el secuestro de la batalla diaria. Mi vuelo es caída de serpiente en negras arenas consteladas.
Cuando la tierra está por parir un árbol y el cielo y mar enmudecen, me viene un aleteo de pasado, casi como una caricia de sur, y recuerdo que todas las cosas son una misma y que todos los árboles son uno solo. Y salgo de la tierra vestido de una ausencia propia y compartida. Yo soy ese árbol, soy la decadencia de ese árbol. Soy raíz en la memoria de todos los árboles que sueño.
Yo no sé del silencio de la voz, pero conozco el silencio del olvido. Sé que las manos guardan el tacto en el corazón y que los ojos heredan los vestigios de la luz. Pero yo he sido ciego de tacto y manco de mirada. Las líneas de mis manos no siguen los lineamientos de mi fortuna y mis ojos se calzan en otras voces luminosas. Mi voz es la ceguera transparente del caminante.
Todas las noches observo los mil ojos del gran Mago. El universo es entonces la suma de todas sus miradas. Saben que sé multiplicarme y, como ellos, repelo el olvido con la presencia.
Soy lo que escribo.
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Datos de la obra:
Título: Van Gogh / Autor: José Luis Cuevas / Técnica: Grabado al aguafuerte y aguatinta, P. A., papel / Tamaño: 123 x 174 cm. / Año: 2004 /
Enlace Web: http://www.joseluiscuevas.com.mx/grafica2.html
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Datos del artista:
José Luis Cuevas. Pintor, dibujante, escritor, grabador, escultor e ilustrador mexicano, nacido el 26 de febrero de 1934, en la Ciudad de México. Su formación artística ha sido prácticamente autodidacta. Es una de las principales figuras de la “generación de ruptura” con el muralismo mexicano y uno de los más destacados representantes del neofigurativismo. Mediante el trabajo con la línea, desnuda las almas de sus personajes retratando la magnificencia de la degradación humana en el mundo de la prostitución y el despotismo.
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Sobre el autor:
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Federico Jiménez (Guadalajara, México: 1983) es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara; promotor de lectura y director de la revista literaria independiente Fedra. Imparte Taller de Literatura en la Preparatoria 7. Han publicado sus poemas y minificciones en las revistas La cafetera del rojo, Antes de dormir y Papalotzi, así como en las revistas electrónicas Apócrifa, Punto en línea y Erótico deseo. Es coautor del libro Estaciones (U. de G: 2009).
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